La cara oculta del genio del humor



Prolífica escritora, curtida en la narrativa noir, de terror, fantástica y biográfica, desconcierta constatar que, en esencia, es alrededor de un mismo tema que ha gravitado el grueso de los relatos y novelas de Joyce Carol Oates: la sociedad estadunidense. Filón único, pero del que ha extraído rencores soterrados, desesperos emocionales, ambigu¨edades sentimentales, fanatismos religiosos, amoríos violentos, estados tiránicos, todo pasado por el tamiz de una prosa estilizada y sutil, lo que otorga a cada tópico un realismo marcadamente denso y particular.

Neoyorkina nacida en 1938, Oates comenzó su obra literaria a fines de la década de los años cincuenta del siglo pasado, época en que ya habían despuntado escritores como Patricia Highsmith, Norman Mailer o James Baldwin, quienes desde sus primeros escritos conmovieron los cimientos morales de la sociedad estadunidense, al tiempo que llevaron la literatura de su país a nuevas y fructíferas experimentaciones, como dignos herederos de la Generación perdida y no menos dignos coetáneos del movimiento beatnik.

Más discreta que sus contemporáneos pero con la misma voluntad innovadora, Oates dejó escuchar una voz clara, apta para pronunciar, desde la cotidianidad, los detalles más sublimes y sórdidos del hombre y la mujer estadunidenses.

Fiel a su tema, en novelas recientes como Carthage y Un libro de mártires americanos, Oates se ha centrado en dos puntos: la criminalización a priori del individuo y la distopía en que se deformó la vida colectiva estadunidense a partir de la guerra contra el terrorismo declarada y ejecutada por George Walker Bush, después de los ataques terroristas del once de septiembre de 2001. Ambos puntos se hallan también presentes en Riesgos de los viajes en el tiempo, cuadragésima sexta novela de la autora, pero además se halla otro punto: el presente y el pasado del discurso del miedo, inserto en la vida cotidiana estadunidense a raíz de la Guerra Fría emprendida contra la extinta Unión Soviética, que es lo que reseña en primera persona la adolescente Adriane Strohl, desterrada de los Estados Reconstruidos de América del Norte (eran) por expresar, en su discurso de despedida del colegio high school, preguntas consideradas subversivas por el sistema.

Narradora avezada, en Riesgos de los viajes en el tiempo Oates sintetiza y traza, en un párrafo que es alarde de oficio narrativo, el surgimiento del Estado totalitario post 11 de septiembre en Estados Unidos, paraíso bajo vigilancia del que será expulsada la joven Adriane:

A raíz de los Ataques se produjo un Intervalo de Indecisión, una época durante la cual se cuestionaba la necesidad de que la Vigilancia Patriótica en la Guerra contra el Terror desbancara los llamados “derechos”, pero que, tras la suspensión por decreto ley de la Constitución y de la Carta de Derechos, concluyó con la victoria de la llamada “Vigilancia Patriótica”.

Con sagacidad, Oates concibe Riesgos de los viajes en el tiempo en clave de distopía futurista, lo que le permite revisar en perspectiva a los Estados Unidos, ese país otrora orgulloso de sus fuerzas productivas y sus avances sociales, hoy enredado en la telaraña de sus contradicciones, victimario de los otros y víctima de sí mismo, visionario y anacrónico, individualista y receloso del individuo, más amarrado al pasado cuanto más se imagina creador del futuro.

Reconocida por la agresividad que campea en el grueso de su narrativa, Oates sorprende en Riesgos de los viajes en el tiempo al plantear la burocratización de la violencia, devenida recurso con fines punitivos y didácticos, en un mordaz guiño de ojo al Michel Foucault de Vigilar y castigar.

Despojada de identidad y desterrada, Adriane se emparienta con la Eva bíblica: ambas son jóvenes sin historia, inteligentes y ávidas de conocimiento, habitantes de Paraísos creados por dioses incógnitos, para los que el tiempo histórico comienza con ellos, que, intransigentes con la inteligencia y avidez de conocimiento de las jóvenes mujeres, las condenan al ostracismo en mundos donde predominan el dolor, la soledad, el miedo, a más de que impera la superioridad social masculina.

Separada en dos adolescentes, confinada en la comunidad universitaria de la Zona Nueve, obligada a cursar pedagogía y psicología, la clandestina Adriane conoce al doctor Ira Wolfman, mientras que su otredad, la dedicada alumna Mary Ellen, se amista con el escultor Jamie Stiles, hombres de personalidades opuestas que sólo coinciden en que, como Adán en el paraíso, quedan a la zaga de la Eva con dos identidades llamada Adriane-Mary Ellen.

Individuo Exiliado como ella, Wolfman devela a Adriane que lo peor del exilio no es la separación de los seres queridos o el destierro en una época desconocida, sino el proceso reeducativo, que evidencia que no tenemos historia propia, sino la escrita por una entidad omnímoda y anónima. Pero, si bien le expone este horror, al mismo tiempo le ostenta el resentimiento sordo del macho hacia la mujer que lo entrevé derrotado por su miedo:

Iniciada en el amor y en la sexualidad por Stiles, Mary Ellen, por una parte, descubre que el erotismo es conocimiento que la lleva a explorar la pluralidad de su otredad femenina y, por otra, que el hombre se encuentra recluido en la estrechez de su machismo, que lo inutiliza para salir de sí mismo y reinventarse, por lo que la mujer debe crearle un mundo a la medida de su ilusión de superioridad:

La verdadera dictadura, descubre Adriane-Mary Ellen, es la de las “consecuencias predecibles”, la del hombre deshabitado de imaginación y anhelos. La reeducación, así, implica renunciar a los rasgos particulares de nuestra voluntad e incluso a la particularidad de nuestros sueños. Por ello, después de tantas malogradas rebeliones exteriores, Adriane toma una decisión íntima y revolucionaria: permite a Mary Ellen la libre elección del amor, supremo acto insurrecto en un mundo donde la belleza y la alegría están privatizadas por dioses incógnitos y prohibidas para los súbditos (notorio saludo a Aldous Huxley):

Con prosa dúctil y ágil, en Riesgos de los viajes en el tiempo, Joyce Carol Oates enuncia una inconcesiva crítica del Estados Unidos actual, atrapado en sus peores vicios (racismo, consumismo, depredación ecológica, inclinación al totalitarismo), al tiempo que delinea el doble retrato de Adriane-Mary Ellen, la adolescente frágil y desolada pero también creativa y anhelosa de la aventura vital, aspectos reprimidos en la sociedad estadunidense contemporánea, prematuramente avejentada o, mejor dicho, vaciada de anhelos.

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