Lo nuevo – Tom Hardy en la piel de Al Capone



Al Capone está en sus días fi­nales. El ma­fioso, que aca­ba de salir de la cárcel, pasa los últimos años de su vida en un nau­fragio de demencia bajo la constante vigilancia de las autoridades federales. Se dice que el ex jefe del ham­pa escondió 10 millones de dólares en algún lugar.

Todo el mundo conoce la historia de Alphonse Ca­pone, el notorio gánster, co­nocido como Scarface, que dirigió la mafia en el sur de Chicago durante los años 20 y ordenó la masacre del día de San Valentín. La iro­nía de su caída, por supues­to, es que no fue derribado por sus crímenes más ho­rrendos, fue la evasión de impuestos lo que le llevó a su perdición legal.

Esta es toda la informa­ción que el escritor y direc­tor Josh Trank ofrece sobre su figura central, cuya ca­rrera criminal ha terminado al comenzar la historia de la película, y está ambientada en el último año de la vida del señor del crimen.

Al Capone (Tom Hardy) ya no es el que era. Acaba de cumplir once años de prisión, donde la sífilis puso de rodillas al legendario rey del inframundo de Chica­go, no sólo físicamente sino también cognitivamente.

El director y guionista Josh Trank (Crónica) pre­senta con Capone que ya no se trata del deslumbrante mito de la mafia norteame­ricana que una vez jugaron un papel importante en la formación de grandes gáns­teres de la época.

El clímax de Capone es ver a Hardy en bata y con pañales merodeando por su finca con una ametralla­dora bañada en oro buscan­do venganza por los desai­res imaginados, estaba tan alejado de cualquier tipo de tensión dramática en la pe­lícula que encontré en la se­cuencia, del aparentemente clímax emocional, divertidí­sima. Decisiva para el éxi­to de Capone es, por su­puesto, la actuación del actor principal Tom Hardy, quien en su -como siempre efectiva- física interpreta­ción del mafioso en su se­nil retiro, se encuentra en algún lugar entre el arte de la actuación desatada, la extraña caricatura y el des­piadado estudio de un al­ma desvalida.

No sólo es fascinante la apariencia, a veces casi có­mica de Hardy, que a pesar de todo lo que ha sufrido, sigue irradiando cierta au­ra amenazante. Sobre to­do, es su voz, ese graznido inquebrantable y glotón, donde uno cree que se oye el viento de la muerte sil­bando en cada palabra.

Una fea película sobre la muerte. Durante poco tiempo de sus 100 minutos verás al más notorio rey de los bajos fondos de los Es­tados Unidos desmante­lar su propio mito, con un gruñido y una babeante demencia, defecando en sus pantalones. Josh Trank entrega aquí el despiada­do retrato de un hombre que está completamente a merced de su decadencia física y mental. Es tortuo­so y monótono y a veces inquietantemente memo­rable. No menos gracias a la fantástica actuación de Tom Hardy.

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